sábado, 23 de marzo de 2013

Ella soñaba con escapar. Despertaba a media noche empapada, dolorida, implorando un nuevo viaje. Caminaba por los tejados, como una gata escurridiza, trepando por las paredes de aquella lejanía. Sabía que huía, pero no podía encajar un rostro en aquel miedo sinforme. De un modo u otro, el final de esa persecución etérea acababa siempre en aquella casa. Era el callejón de alguna región árida, podía saborearlo en el olor de la arena. Entendía el idioma aunque nunca lo escuchó. Veía extraños y suplicaba de rodillas auxilio divino, hundiendo entre sus telas los ojos cubiertos de lagrimas. Es sabido que imposible llorar para quien sueña, así que debía haber muerto.

Le era todo familiar. Se repetía continuamente. Mismo lugar, misma gente, mismo sensación, angustia y acogida, lejanía y familiaridad; se repetían, una y otra vez, dando vueltas a su alrededor. Giraban como una hélice demoniaca, una tortura onírica de su propia inconsciencia. Le absorbía como una gran licuadora, se sentía mareada y apunto de caer. Debía salir de allí, y así lo hizo entrando en uno de los cuartos. Era una habitación de material pobre, pintada de blanco. Las paredes se caían al igual que el alicatado que las cubría. Junto a la pared, una cama de sábanas sucias. Sobre ella, sentado, un chico. La miraba fíjame. “Siéntate”, dijo. Y ella se sentó a su lado. Y ella escuchó lo que tenía que decirle. Y ella quiso besarle, pero tenía que seguir huyendo. Por eso, abrió la ventana de madera y huyó por los tejados, bajo el sol.

Cuando despertó ya no huia, solo buscaba. Desde entonces sólo sueña que duerme.

1 comentario:

  1. Che, todo este caos de palabras es muy hermoso, felicitaciones varias, sos muy talentosa.

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